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7 de marzo de 2017

Silveria Martín, 106 años: “Ahora ya mandan la mujer y el hombre, ¡como tiene que ser!”

Silveria Martín, 106 años: “Ahora ya mandan la mujer y el hombre, ¡como tiene que ser!”
Silveria Martín, 106 años.

Trabajó en el campo y como ama de casa. Vivió en Talaverilla, Rosalejo, Francia y Vitoria
5 hijos, 18 nietos, 26 bisnietos y 6 tataranietos.


Cuando llegamos a los Pisos Tutelados “Mª Ángeles Bujanda”, de Losar de la Vera, Silveria aún está en su hora de gimnasia. Esa será nuestra primera sorpresa. A sus casi 107 años -en junio los cumple-, coge firme la pelota que le lanza la monitora, apunta hacia una papelera y la encesta. Así una y otra vez. Pero esta no será la única sorpresa.

Una vez que sabe que los visitantes hemos llegado, se levanta y vemos ante nosotros erguirse un metro y medio de mujer y, como si de un momento a otro fuera a levantar en volandas el andador, comienza a caminar hacia donde le vamos a hacer la entrevista. “Anda más tiesa que yo”, nos dice Julia, su hija, que nos acompaña en esta visita. Vamos tras ella.

Mujer sin freno

Pareciera que las entrevistas son cosas del día a día por la naturalidad con la que se sienta ante nosotros y espera. Vemos que hoy ha querido ponerse algo especial: sobre la rebeca azul marino, un broche de flores de fieltro le dan un toque de color. “Si viera mejor -nos dice- yo podría haber hecho estas flores, pero, claro, ahora ya veo muy poco”. La vista y el oído es lo único que parece frenar un poco a esta mujer sin freno, una mujer que aún mantiene coraje en la voz y firmeza en las ideas. “Se me olvida alguna cosa, pero es que he tenido una vida muy larga, 106 años tengo”.

Algunos recuerdos familiares
Algunos recuerdos familiares
Y nos va contando poquito a poco esa vida tan larga, y lo hace sin nostalgia, no hay cabida para lamentos. Es como si siempre mirara de frente. Nació y vivió el tiempo que la dejaron en Talavera la Vieja, también llamada Talaverilla, hasta que las aguas del Pantano de Valdecañas cubrieran calles, plazas, casas, corrales y tierras. Una expropiación forzosa, a principios de los Sesenta, que llevaría a Silveria a vivir a Rosalejo.

“Mi madre murió cuando yo tenía tres años, así que me crié sin madre, pero mi padre volvió a casarse. Sí -nos responde- era necesaria una mujer en casa, pero esta segunda no era igual”, y frunce el ceño. “Fíjate, que luego ya de mayor, la madrastra no quería dormir sola y yo tenía que mandar, primero a mi hija mayor para dormir con ella; cuando ésta se casó, mandé a la de en medio, y luego a Julia, la pequeña”.

Como nos hace ver Silvera, el papel de la mujer en la casa era clave. “Sí, la vida no era como la de hoy. España ha dado un vuelco muy grande. Yo tuve que dejar la escuela al poquito de empezar para ayudar a mi padre en el campo”. Le preguntamos si le hubiera gustado seguir estudiando, pero es firme al decir, “sí, pero el dinero era necesario”. Sin embargo, más bajito, como para sí, murmura: “Pues claro que me hubiera gustado saber de todo, el saber no ocupa lugar”. Es este precisamente uno de los cambios que ve en las mujeres. “Ahora las mujeres ya viven mejor, ya se preparan, y ya no es como antes que mandaba solo el hombre. Ahora manda también la mujer, y hace bien. ¿Por qué va a mandar el hombre solo si van por el mismo camino? ¿Eh? ¿Por qué?” Nos mira fijamente, quizá no nos vea con claridad pero ella tiene las cosas muy claras, pensamos. “Antes el hombre solo trabajaba en el campo y en casa nada, ahora es raro que el hombre no haga cosas en la casa, porque poner o quitar la mesa se aprende. ¡Ya ves tú qué mérito puede tener eso!”.

Silveria junto a su compañera de cuarto, Juana.
Silveria junto a su compañera de cuarto, Juana.
Recuerda también su estancia en Francia, su afán por “hacer algo de dinero” y enviarlo a España, nos manifiesta aún un agradecimiento a aquella Francia. “La vida era distinta allí. Se ayudaba mucho a los españoles, a España. De Gaulle ya dijo que se atendiera a España todo lo que se pudiera”, y descubrimos su interés por la política, por la participación en la política. “Yo siempre he ido a votar. He votado a Zapatero”, nos dice levantando un dedito con orgullo. “Madre, de política no se habla”, le susurra su hija. “Y por qué no, es un hombre con mucho seso y le quiero conocer”. No nos imaginamos a Silveria frenándose ante nada.

Nos quiere enseñar su habitación. La seguimos y nos pide alguna foto allí, con su compañera Juana.

Mientras su hija Julia sigue sorprendiéndonos, “ni colesterol, ni azúcar ni nada. A sus 106 años solo toma una pastilla para dormir”. “La naturaleza será, digo yo”, responde Silveria. De pronto, se percata de que permanecemos en pie: “¿Es que no hay sillas para que se sienten?”. A esta mujer no se le escapa nada.


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