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5 de marzo de 2017

Conchi “La Enramá”: “De la magdalena más pequeña podéis sacar la más grande”

Conchi "La Enramá". Empresaria Pastelera
Conchi "La Enramá". Empresaria Pastelera

Empresaria-pastelera en Pinofranqueado con Dulces Artesanos "La Enramá"


La “Gran Lola”, como todo el mundo la conocía, salió de detrás de la barra del bar que regentaba y se dirigió al hombre que acababa de abofetear a una mujer. “Lo cogió de la pechera y con una fuerza increíble lo levantó en volandas y lo echó del local: ¡Ni en mi casa ni en ningún sitio permitiré jamás esto!, gritó”.

A partir de esto entenderemos muchas cosas sobre Conchi, Conchi “La Enramá”, su hija. Llegamos a la Plaza Reina Victoria de Pinofranqueado, en Las Hurdes. Allí, como si hubiera existido toda la vida, Bar Lola. En su fachada, una placa dedicada por todos los vecinos a esta mujer que dejó un hueco enorme con su marcha, contando solo 57 años. Sin embargo, la Gran Lola no marchó sin más. Tras de sí dejó toda una enseñanza de vida, de respeto y de lucha, además de una hija, hoy de 35 años, que lleva el testigo de su madre en su voz, en su mirada, en su fuerza, en su ternura, en su lucha por la igualdad. “Si te rodeas de gente fuerte –nos dirá Conchi-, gente que es tu referente, acabas siendo fuerte, nunca podrás superarles, pero sí seguir su ejemplo, como yo sigo el de mi madre, el de mi abuela o el de Concha Polo, una maestra que vivió en el pueblo y que ayudó a mi madre cuando, hace 35 años, fue madre soltera. ¡Te puedes imaginar lo que eso significaba en un pueblo hace 35 años!”. Su nombre, el de Conchi, viene precisamente de esa mujer fuerte también, Concha Polo, con la que nos encontramos en este mismo espacio hace un año. (Puedes conocerla en este enlace)

Dulces Artesanos "La Enramá", el negocio de Chonchi
Dulces Artesanos "La Enramá", el negocio de Chonchi
Pero volvamos a Conchi. De movimientos ágiles, tanto de cuerpo como de ojos; sale casi de un salto de la Pastelería La Enramá. Nos invita a pasar. Dentro, con la ayuda de otra mujer, Macu, venden los dulces que elaboran en el obrador La Enramá, calle abajo. “¡Vamos al obrador!”, nos dice Conchi sin esperar respuesta. Antes de salir, nos llaman la atención unas palmeras gigantescas de chocolate en las que se puede leer, escrito también con chocolate: Lola. Nos iremos dando cuenta del agradecimiento y reconocimiento permanente que Conchi hace no solo a su madre sino a todas aquellas personas que ha sentido y siente cerca.

"Cuando se tiene un sueño hay que perseguirlo y cumplirlo"

Situados ya junto a un horno y unas bandejas de roscas, Conchi empieza a contarnos, serena y sonriente. “Lo fácil para mí hubiera sido regentar el bar de mi madre, que ya tenía una clientela fija y entregada, pero cuando se tiene un sueño hay que perseguirlo y cumplirlo, y a mí desde pequeñita me gustaba la repostería. Me hubiera metido a monja de clausura por hacer dulces –bromea-, pero me gustaban los mozos”. Así es que trabajando, en un primer momento, con su madre, el dinero que iba sacando lo iba invirtiendo en un pequeño local. “Primero lo alicaté, luego me compré un hornito, una máquina chiquitita… así hasta que hice mi pequeño obrador”. Parte primera del sueño, cumplida.

Lola, madre de Conchi, todo un referente en Las Hurdes
Lola, madre de Conchi, todo un referente en Las Hurdes
Siguiente paso, transmitir a la gente la confianza que una misma tiene. “Aunque cuentes con un horno pequeñito, lo puedes hacer grande, y de la magdalena más pequeña puedes sacar la más grande si te lo crees y si los demás están contigo”. Filosofía de trabajo y de vida. “La gente te hace crecer”. Conchi insiste en esta idea, pero nos damos cuenta de que ella también hace crecer a la gente. “Me encanta conocer, hablar, que vengan a verme, darles a probar mi choricito, mi vino y mis dulces…”

Dice saberse parte de ese grupo de personas que trabajan y que apuestan por el mundo rural. “Nuestros pueblos tienen enormes posibilidades. Yo decidí quedarme aquí y sé que a veces no es fácil, pero si tienes fuerza dentro de tu cabeza la puedes sacar fuera”. Se anima y habla casi sin pausa. “Ojalá se abrieran muchos negocios en los pueblos. Odio cuando escucho eso de que si abren otro negocio como el mío es que me están haciendo competencia. ¡No! Que abran uno y otro y otro y otro… Eso hará crecer a los pueblos. Pino es un referente”, nos dice con orgullo.

Le pedimos que nos hable de las mujeres de hoy en día, las mujeres que viven en las zonas rurales. Vuelve a su querido pueblo, a su querida comarca. “Yo creo que aquí en Las Hurdes, quizá porque hubo un tiempo que lo tuvimos más difícil que en otros sitios, las mujeres han ido encontrando su hueco, han ido aprovechando las oportunidades que tendían las distintas asociaciones, cursos, actividades, etcétera. Ya han visto que hay una vida fuera de la casa”. Son solo detalles, pero ningún detalle es vano, como, por ejemplo, el hecho de acercarse por la mañana al bar Lola y poder contar 16 mujeres tomando café y un hombre. “Me encanta, porque hace unos años era impensable una mujer sola en un bar”.
Conchi y su hija Lola
Conchi y su hija Lola

Pero hay que seguir, dice, hay que seguir avanzando y haciéndose hueco. “No vale acomodarse y conformarse con que el marido ya trae un suelo, hay que pensar en una misma, rechazar, en primer lugar, esa idea que se tenía de que la mujer antes no trabajaba. La mujer siempre ha trabajado –y recalca ese siempre. Trabajaba en la casa, cuidaba a cinco, seis o siete hijos, atendía a sus padres, a sus suegros, el huerto y el ganado… Mientras el hombre hacía cuatro sacos de carbón y pasaba la tarde en el bar”. Exige, sabemos sin que lo diga, ese reconocimiento que solo considera de justicia.


"Yo no dependo de nadie, sólo dependo de mí misma"

“Además, tenemos que ver la independencia que da a una mujer contar con su trabajo. Yo no dependo de nadie –y se da una palmada en el pecho-, solo dependo de mí misma”. Y vuelve a esa necesidad y esa devoción que siente por la gente. “Hago un llamamiento a que vengan a verme las mujeres que quieran, las que necesiten un empujoncito, si yo las puedo ayudar con mi experiencia, lo haré”.

Se levanta y saca una patatera y un “choricito”. Nos tiende unas rodajas y unos trozos de pan. Seguimos hablando. “¿Que cómo me veo dentro de unos años?... ¡Buf! Me encantaría tener una fábrica de dulces artesanos, con 16 mujeres mayores de 50 años”. No quedará solo en un sueño, lo dice con esa fuerza que le sale directamente de la cabeza y del pecho.

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